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Mayo 2026
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La paradoja del corazón
Magdalena Reyes Puig

La paradoja del corazón


 “Cuanto más nos permitimos sentir la profundidad de nuestro dolor, mayor se vuelve nuestra capacidad para amar y sentir compasión.” 


Chloé Zhao 



En una de las escenas más conmovedoras de Hamnet, vemos a una madre atravesada por una experiencia que roza lo inefable: la pérdida de un hijo. La película, inspirada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, nos sumerge en la vida de Agnes, esposa de William Shakespeare, y en el dolor silencioso, íntimo y devastador que sigue a la muerte de su pequeño hijo Hamnet. No es una historia estridente. No hay grandes discursos ni explicaciones elocuentes, sino gestos y emociones profundas que irrumpen sin tamices. Y en ese lenguaje intensamente sutil se revela algo que todos intuimos pero que pocas veces logramos poner en palabras: la complejidad emocional de una madre. 


Cuando la actriz Jessie Buckley recibió el Oscar por su interpretación, dedicó su premio “to the beautiful chaos of a mother’s heart”:  al bello caos del corazón de una madre. La frase resuena. Tiene algo de verdad inmediata. Pero también invita a detenerse, a pensar. ¿Qué es ese “bello caos”? Tal vez lo primero que aparece es la palabra caos. No como desorden negativo, sino como una intensidad difícil de ordenar. El corazón de una madre no es lineal, no es previsible, no responde a una lógica simple. Es un espacio donde conviven emociones contradictorias: arrojo y miedo, orgullo y culpa, alegría y agotamiento, entrega y deseo de libertad. Ser madre no es habitar una emoción única, sino muchas al mismo tiempo.


Una madre puede, en el mismo día —a veces en el mismo instante—, sentir una felicidad profunda al ver a su hijo crecer y una nostalgia silenciosa por el tiempo que ya no volverá. Puede experimentar una ternura infinita y el cansancio de quien sostiene más de lo que muestra. Puede amar con una intensidad absoluta y, sin embargo, preguntarse si lo está haciendo bien. Ese es el caos. Un caos que no se deja domesticar del todo, porque nace del vínculo más radical que existe: el de dar vida y, al mismo tiempo, tener que dejarla ir. Y ahí aparece la otra palabra: bello. ¿Por qué bello? Porque en ese caos hay algo profundamente humano, una belleza que no depende de la perfección sino de la autenticidad. 


El corazón de una madre es conmovedor no porque sea ordenado, sereno o siempre feliz, sino precisamente porque es capaz de sostener esa complejidad sin quebrarse del todo. Porque ama incluso cuando duele, porque se entrega incluso cuando no hay garantías, porque cuida incluso sabiendo que no puede controlarlo todo. En Hamnet, ese amor aparece en su forma más descarnada. Un amor que no desaparece con la ausencia, sino que, de algún modo, se transforma, se expande, se vuelve memoria, presencia invisible. La película nos confronta con una verdad incómoda: amar profundamente implica exponerse al dolor. Y, sin embargo, ninguna madre reduce su amor para ahorrarse el dolor. 


Hay en la maternidad una forma de valentía silenciosa, una decisión —consciente o no— de entrar en ese caos y habitarlo. Hay pensadores que, desde otros lugares, han intentado nombrar esta misma complejidad. El psicoanalista y filósofo Erich Fromm, en El arte de amar, sostiene que el único amor verdaderamente incondicional es el amor de una madre: “(El amor de una madre) es, por su misma naturaleza, incondicional. La madre ama al recién nacido porque es su hijo”. Un amor que no depende de méritos, logros ni reciprocidad, un amor que se da antes de que el hijo pueda siquiera responder. Pero esa incondicionalidad, lejos de ser simple, es profundamente exigente, porque implica amar sin garantías, amar incluso cuando el otro se equivoca, se aleja, no devuelve, amar sin poder controlar el destino de aquello que más se quiere.


Y quizás ahí radica una de las claves de la belleza de ese caos: en que el amor de una madre es, al mismo tiempo, absoluto y vulnerable. Por eso el corazón de una madre no puede ser ordenado: ama demasiado como para mantenerse intacto. Algo similar intuyó el poeta Walt Whitman cuando, en Hojas de hierba, escribió: “¿Que me contradigo? Pues bien, sí, me contradigo: soy inmenso, contengo multitudes”. La maternidad es, quizás, una de las experiencias humanas donde esa verdad se vuelve más evidente. Una madre contiene multitudes: es cuidado y límite, fortaleza y fragilidad, certeza y duda, entrega y necesidad de espacio. Y puede ser todo eso a la vez, sin dejar de ser lo que es. Porque no se trata de resolver esas contradicciones, sino de habitarlas. 


En ese entramado de emociones que no siempre encajan, en esas tensiones que no se dejan simplificar, aparece algo profundamente vital: una forma de amor que no se reduce a una sola versión de sí mismo. Un amor que, como decía Whitman, es lo suficientemente inmenso como para no ser coherente todo el tiempo. Pero el “bello caos” no se limita a las situaciones extremas como la pérdida. Está también en lo cotidiano: en las pequeñas tensiones de todos los días, en la mezcla de roles que muchas mujeres sostienen hoy —madres, trabajadoras, parejas, amigas, hijas—, en la exigencia, muchas veces autoimpuesta, de hacerlo todo bien, de no fallar. Y ahí el caos puede volverse más exigente, porque ya no es solo emocional, sino también práctico: horarios, responsabilidades, decisiones, la sensación de estar siempre un poco en falta. 


En ese contexto, tal vez el mayor desafío sea reconciliarse con ese caos, dejar de verlo como algo que hay que corregir y empezar a reconocerlo como parte constitutiva de la experiencia de ser humanos. Aceptar que no todo va a estar en orden, que no todo va a tener respuesta, que no todo se puede controlar. Y que eso no es un fracaso, sino síntoma de nuestra humanidad. Lo humano no es lo perfecto, sino lo vulnerable; no lo cerrado, sino lo abierto; no lo completamente resuelto, sino lo que está en proceso. 


Tal vez por eso la frase de Jessie Buckley tiene tanta potencia. Porque no idealiza la maternidad como un estado de plenitud constante, pero tampoco la reduce al sacrificio o al agotamiento: la nombra en su complejidad. La reconoce como un espacio donde el amor no es simple, donde la belleza no es perfecta, donde la vida no es ordenada y, sin embargo —o quizás precisamente por eso—, es digna de ser celebrada. En un mundo que muchas veces nos empuja a mostrar versiones pulidas de nosotros mismos, a esconder el desorden, a corregir la imperfección, hay algo sumamente liberador en esta idea. 


El corazón de una madre no necesita ser perfecto ni vivir en calma todo el tiempo para ser luminoso. Quizás celebrar el Día de la Madre también sea esto: reconocer ese caos, nombrarlo, validarlo y, sobre todo, honrar la belleza que hay en él. Porque detrás de cada madre hay una historia que no siempre se ve, un entramado de emociones, decisiones, renuncias y aprendizajes: un corazón perfectamente imperfecto. 


Magdalena Reyes Puig

Lic. en Filosofía y Psicología

@magdalenamariareyespuig 

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