Mamá se parecía a Jackie Kennedy Cuando mamá aún era soltera, los jueves iba al cine con mi abuela. Se vestían con sus mejores atuendos. Mi abuela, con sombrero, vestidos tubo por debajo de la rodilla y zapatos de taco aguja, bien altos; mamá, con polleras tableadas y amplias marcando la cintura y también zapatos altos pero no tanto como los de su madre. Se maquillaban y marchaban al Trocadero o al Ambassador, nunca al cine de barrio; para mi abuela no era una opción. Después tomaban el té en alguna confitería céntrica, y siempre estaban de vuelta para esperar a mi abuelo cuando llegaba de trabajar. Las películas preferidas eran las románticas con hombres buenmozos y chicas lindas, o también podía ser alguna del far west con John Wayne. La única condición era que tuvieran finales felices. Cuando en la película actuaba Fred Astaire, la reservaban para ir el sábado con mi abuelo. A mi abuelo le gustaba bailar. Era difícil que pudiera tener los brazos y las piernas quietos. Siempre estaba marcando el ritmo de algo. Incluso cuando me enseñaba cómo mandaba mensajes en morse, que lo había aprendido a los trece años cuando comenzó a trabajar en el telégrafo, y lo hacía golpeando los dedos en sus piernas, los dedos, las manos, las piernas, los pies, todo su cuerpo vibraba con mucha gracia al ritmo de puntos y rayas. Mamá decía que era igualito a Fred Astaire. A ella le habría gustado parecerse a Audrey Hepburn, fina y de rasgos delicados, o a Grace Kelly, con su belleza clásica. Sin embargo, cuando yo era niña, la gente la encontraba parecida a Jackie Kennedy. A mamá le gustaba que se lo dijeran. Y tenían razón, sobre todo cuando se ponía el tapado celeste con botones grandes y cinturón, todo del mismo tono, y se subía al Hudson del 47 que papá le había regalado. El Hudson no era colachata como los autos de los Kennedy, sino del tipo que acababa redondeado y parecía encorvarse hacia el final. Pero era grande, fuerte y aparentemente indestructible. Papá decía que por eso se lo había regalado. Aunque yo creo que era un auto seguro para mamá porque casi nunca arrancaba. Aún recuerdo el día que mataron a Kennedy. No sé quién se lo contó a mamá, pero la vimos pasar corriendo directo hacia la televisión, la prendió y nos quedamos esperando las noticias. No hacía más que repetir: “Mataron a Kennedy, mataron a Kennedy”. Cuando llegaron las imágenes fue tremendo. Ella, que ni siquiera se había sentado, tuvo que recostarse en una pared para no caerse. Yo no sabía qué me impresionaba más, si las imágenes que llegaban de Dallas con la sangre, y JFK caído, y Jackie sin saber qué hacer, si esconderse, saltar del colachata descapotable o socorrer a su marido, todo con mucha desesperación, o mirar a mamá, tan parecida a Jackie, pegada a la pared, con la mano sobre la boca abierta como si ahogara un grito y las lágrimas corriendo por su rostro. En los días siguientes, no nos perdimos nada. Vimos la repetición del atentado mil veces, a Jackie ensangrentada, los funerales, el asesinato de Oswald, y escuché a mis mayores hacer todas las especulaciones sobre lo que había pasado; era el único tema de conversación. Eso fue lo primero, pero sucedieron otras cosas poco tiempo después. Mamá logró, con ayuda de una columna, hacer destructible el Hudson. Ella salió milagrosamente ilesa, pero todos nos asustamos mucho. Lo otro fue que mi abuelo comenzó a mostrar los primeros síntomas de lo que luego supimos que era Alzheimer. No logro ordenar bien los hechos cronológicamente, pero también por esa época, mamá tapizó una de las paredes del comedor diario con un collage de afiches de compañías aéreas. Desayunábamos, almorzábamos, tomábamos la leche y cenábamos con la vista de la torre Eiffel, el Coliseo romano, una plaza de toros, playas increíbles y gondoleros sonrientes. Pero lo más extraño, que atribuyo a lo que sucedió en ese período, es que mamá empezó a perder las cosas. Aunque lo más correcto sería decir que casi siempre había algo que le faltaba. No perdía todo al mismo tiempo. Pero cuando no era la billetera, eran los lentes o si no aquella blusa de tono rosa pastel que papá le había regalado, cualquier lapicera, no importaba el valor del objeto, ella necesitaba que todo lo que se perdía apareciera. Cada vez pasaba más tiempo buscando cosas y hacía que todos buscáramos con ella. Incluso si había una visita ocasional en casa, también le pedía que la ayudara a buscar el objeto perdido. O le preguntaba al desprevenido cobrador de la UTE, que nunca había puesto un pie adentro de la casa, si no había visto la billetera, por ejemplo. Yo comenzaba a fastidiarme cuando la escuchaba decir: “Pero no puede ser que haya desaparecido, si recién la vi arriba de la mesa.” Porque ya sabía que a continuación venía: “¿Tú no la viste?” Y ahí comenzaba el martirio. Nadie vivía en paz hasta encontrarla. Se paraba de cocinar, de limpiar, de jugar, de hacer los deberes, de comer. Entrábamos en un estado diferente donde el tiempo se detenía y el espacio se transformaba en un infinito de lugares posibles. No importaba cuál era el sitio más probable donde pudiera estar lo que le faltaba. Los lentes se buscaban adentro de la heladera, la billetera en el placar del baño, la blusa en el aparador de las copas, y ahí mismo, mamá se daba cuenta de que había once copas en vez de doce, y comenzaba con los interrogatorios. ¿Alguien la había roto? ¿Deberíamos buscar una copa entera o los pedazos de una copa? Una búsqueda engendraba otra, o una se superponía con otra. A veces levantábamos los almohadones de los sillones, nos agachábamos para mirar debajo de las camas, o revisábamos percha por percha de todos los placares de la casa como autómatas, sin recordar lo que estábamos buscando. Siempre encontrábamos algo que ya habíamos dado por perdido; llegábamos incluso, a encontrar lo que aún no nos habíamos dado cuenta de que no sabíamos dónde estaba. Todo era posible para mamá, había desarrollado una manera original de entender la realidad. Lo único capaz de detener una búsqueda era que viera que en la tele estaban pasando alguna película romántica, si era una de las viejas que ya había visto, mejor, aunque también servía si actuaban Doris Day y Rock Hudson o era el show de Lucy. A veces también funcionaba que fuera al comedor y justo le hiciéramos un comentario acertado sobre, por ejemplo, los canales de Amsterdam, mientras le señalábamos el afiche de KLM, o la estatua de la Libertad en el de Pan Am. Se entusiasmaba imaginando cómo serían o cuándo iría. Después se quedaba callada, mirando la pared de una manera indescifrable para nosotros. Si teníamos suerte, se olvidaba de lo que estábamos buscando. Un poco después comenzó a usar unos lentes de sol grandes, de armazón cuadrada y vidrios rosados; cada vez se parecía más a Jackie, aunque ya no le gustaba que se lo recordaran, sobre todo cuando se comentaba que andaba con Onassis por la plata. No le parecía que ese fuera un final feliz para las historias de amor de Jackie. De a poco fue conociendo todos los lugares de los afiches, aunque dice que no resultaron ser como los imaginaba. Cuando conoció el último, arrancó el collage de la pared y la pintó de blanco. Mamá siguió destrozando autos con una suerte increíble hasta que decidió no manejar más porque algún día se le iba a terminar la buena racha. Fue un alivio para nosotros, pero duró poco. Al tiempo comenzó a tropezar con cosas y a caerse por las escaleras. De estos accidentes ya no salió ilesa, pero para las caídas increíbles que tuvo, sigue siendo un milagro que continúe viva. Cuando tuve mi propia casa me propuse que no buscaría nada. En todos los cajones hay lapiceras, cintas adhesivas, alicates y tijeras, no cambio nunca de cartera para que no se pierda nada en el traspaso, a pesar de tener el placar atiborrado de ropa, siempre uso la misma: la que está más a mano. Pero por más firmes que sean mis propósitos, cuando mamá me llama para que busque en mi casa algo que se perdió en la de ella, le hago caso; nunca se sabe. María Gueçaimburu Del libro ¨Raras”, Ediciones de la banda Oriental, 2019 Premio Narradores de la Banda Oriental Premio Ópera Prima del MEC 2019