De casa al trabajo y del trabajo a casa. Esa es la rutina, pero, ¿y si se puede agregar otro lugar? Las personas buscan ese tercer espacio que de vez en cuando se cuele en el día a día: el gimnasio, una librería, una cafetería.
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"El tiempo que disfrutas perder, no es tiempo perdido", dijo John Lennon. Esa frase del difunto Beatle está más presente que nunca. La vorágine diaria consume de lo más preciado que tenemos, el tiempo. El ajetreo habla de una rutina que nos lleva de nuestro hogar al trabajo y de nuestro trabajo al hogar.
A veces, el sistema se vuelve más perverso aún: cuando estamos en plena tarea laboral, la mente comienza a divagar sobre lo que tenemos que hacer en nuestras casas. Y viceversa: cuando estamos en nuestras casas nuestros pensamientos recorren la oficina, lo que hicimos, lo que no hicimos y lo que se vendrá en las próximas jornadas. ¿Por qué es eso? Quizá la mente está seteada para pensar en esa realidad binaria.
Así pasan las semanas para muchos: esperando el sábado y el domingo, o las vacaciones, ese pequeño momento del año en el que hombres y mujeres se desconectan de sus rutinas. En el mejor de los casos se logra, pero muchos no pueden hacerlo y la dinámica trabajo-hogar no cesa en la licencia.
Mario, Ana y Marcos tienen muchas diferencias. El primero es ingeniero agrónomo, ella es diseñadora web y el último psicólogo en varias clínicas y también atiende particular. También tienen elementos en común. Son independientes, están en sus cuarentas y trabajan en la semana. Esporádicamente tienen que cumplir tareas los sábados, en el mejor de los casos desde sus casas.
Los tres repiten la rutina del trabajo y el hogar, aunque, en esta etapa de sus vidas, descubrieron que en esos dos sitios no pueden ni deben circunscribir sus vidas. Tienen un tercer lugar. Ese espacio que es de ellos, en el que se sienten cómodos y disfrutan sus tiempos libres. Nada mejor que una desconexión del binomio en el que saben que van a tener que pasar por lo menos dos décadas más. Si bien están satisfechos con sus éxitos laborales, saben que necesitan de ese tercer lugar para encontrarse consigo mismos o pasar tiempo con sus parejas, amigos y familia.
A elección
El término “tercer lugar” lo popularizó el sociólogo estadounidense Ray Oldenburg en su libro The Great Good Place, de 1989, para describir sitios donde las personas se encuentran de forma voluntaria, sin jerarquías, para conversar, compartir tiempo y crear vínculos. Son espacios accesibles, neutrales y abiertos, que invitan a quedarse.
Un gimnasio o club deportivo, la plaza del barrio, el bar de la esquina, los parques para todas las familias, los shoppings, los mercados, las bibliotecas públicas. Además de su valor como punto de ocio, estos lugares refuerzan el tejido social, favorecen la participación ciudadana y mejoran la calidad de vida de los barrios y, en general, de las ciudades.
La psicología y la arquitectura se combinan con el paisajismo y el interiorismo para competir por ese tercer lugar. Para unos puede ser atractivo un espacio donde permanecer en soledad después del trabajo. Para otros un punto de intercambio y socialización para ver a otras personas, escuchar música o charlar. Es a gusto y elección de cada persona. Hay quienes quieren combinar su tiempo libre con los espacios abiertos y la naturaleza, mientras que existen otros que prefieren que sean espacios cerrados y con una estética particular.
No hay un patrón común. Cada persona tiene su preferencia y, quizá, sea más de un lugar al que puede considerar su tercer lugar. En definitiva, el cambio es algo constante, y las rutinas y gustos cambian conforme pasa el tiempo.
¿Conexiones débiles?
¿Cuántas personas fuera de la familia y los compañeros de trabajo conocen nuestro nombre? Seguramente pocas. Es una pregunta interesante que refleja los límites de la interacción que caracterizan la época contemporánea. Tenemos cientos o miles de seguidores en las redes sociales, cientos de contactos en el celular y decenas de chats. Sin embargo, cada vez conocemos menos al dueño del kiosco de la esquina, a quien nos sirve en la cafetería que frecuentamos o a quienes nos cruzamos a diario en el gimnasio.
Quizá porque es tanta la energía que le ponemos al trabajo y al hogar que las personas se olvidan de esas otras conexiones, aquellas a la que algunos especialistas llaman “conexiones débiles”, pero que aún así son significativas porque permiten romper el patrón que genera el día a día de nuestras interacciones.
Gillian Sandstrom es una psicóloga social canadiense-británica que desarrolló la teoría de las “conexiones débiles”. "Las conexiones débiles contribuyen significativamente a nuestro sentido de pertenencia y felicidad", escribió. Sus investigaciones muestran que los contactos casuales y repetidos tienen un efecto positivo en el estado de ánimo y en la sensación de integración social. Ese tipo de contactos suelen generarse en los terceros lugares ya que generan la suficiente comodidad para que las personas interactúen.
Por su parte, Mark Travers, un psicólogo estadounidense y divulgador científico, escribió en la revista Forbes sobre esto. "La clave del bienestar social podría estar en encontrar tu tercer lugar", aseguró. Desde su perspectiva, en una época en la que trabajamos desde casa, compramos online y socializamos por pantallas, los espacios físicos vuelven a ser valiosos no solo por lo que venden, sino por lo que permiten: encontrarnos.
Nueve tips para encontrar tu tercer lugar
1. Busca un sitio donde puedas ir sin tener un plan
Los mejores terceros lugares no exigen una agenda. Son espacios donde se puede pasar un rato leyendo, tomando un café o simplemente observando el movimiento alrededor.
2. Elige un lugar que invite a volver
La magia aparece con la repetición. Cuando empezás a reconocer caras familiares, aunque no sepas sus nombres, el lugar deja de ser un espacio cualquiera.
3. Prioriza la comodidad antes que la novedad
No tiene que ser el lugar más trendy del barrio o la ciudad. Un buen tercer lugar es aquel donde te sentís cómodo, relajado y bienvenido.
4. Busca oportunidades para encuentros espontáneos
Los terceros lugares son escenarios ideales para esas conversaciones inesperadas que empiezan con una pregunta simple o un comentario casual.
5. Que sea fácil de incorporar a tu rutina
Si queda de paso entre el trabajo y tu casa, o cerca de donde practicas tus actividades cotidianas, será mucho más fácil convertirlo en un hábito.
6. Presta atención a cómo te hace sentir
Un buen tercer lugar suele generar una sensación sencilla pero poderosa: la de pertenecer. No porque todos te conozcan, sino porque te sentís parte del paisaje.
7. Dale una oportunidad al tiempo
La conexión con un lugar no siempre surge en la primera visita. A veces hace falta volver varias veces para descubrir su ritmo, sus personas y sus pequeños rituales.
8. Piensa más allá de los cafés
Una librería, una plaza, un club, un mercado, una biblioteca o un shopping también pueden convertirse en terceros lugares cuando ofrecen espacios para quedarse, encontrarse y disfrutar.
9. Busca un lugar donde puedas ser tú mismo
Los terceros lugares funcionan porque permiten una pausa de los roles cotidianos. No sos el empleado, el jefe, el estudiante o el padre de alguien: simplemente sos una persona disfrutando de un momento.