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Extracto de la novela “A pesar del naufragio”
Por Alicia Escardó

Casi siempre la pedía Inés.

—¿De nuevo, esa historia? —Miguel la miró con una sonrisa—. Mirá que es la última vez. Ya estoy cansado de repetirla.

Pero ninguno de los dos chicos creía en esa amenaza. Le gustaba tanto a él contarla, como a ellos escucharla. Las versiones tenían variantes leves y el padre siempre las coloreaba con algún episodio nuevo.

—El abuelo no quería ir a ese baile. Estaba cansado de la jornada en el tambo, y además no sabía bailar —empezó Miguel.

—Aunque después aprendió —dijo Inés.

—Claro que aprendió. Pero en esta historia, todavía no. En aquella época y en ese pueblo, había pocas oportunidades de conocer muchachas, así que los compañeros lo convencieron. Encima, hacía poco que había llegado al Uruguay, y hablaba muy poco español. Los compañeros de trabajo se reían de cómo pronunciaba las palabras, y de sus errores al conjugar los verbos. Se lavó lo mejor que pudo en el aljibe del patio, se puso camisa blanca, el pantalón de los domingos y alpargatas nuevas, y marchó para el club social. Llegó cuando ya había empezado y en la fila de las chicas, a la izquierda del local, algunas sillas estaban vacías, porque ya las habían sacado a bailar. Los varones se ubicaban a la derecha, donde servían las bebidas, y hacia allá fue el abuelo. Pidió un vermú y se quedó un rato ahí, recostado contra el mostrador, mirando.

—Buscaba a la más linda.

—Sí, eso mismo.

Miguel apoyó la mano en la cabeza de su hija y revolvió con las yemas el pelo suave. Los tres estaban tirados en el pasto, de espaldas. En el cielo sin nubes, las estrellas parecían perdidas en ese azul tan negro.

—Pero no la encontraba. En esos bailes, la orquesta tocaba seis o siete canciones, hacía una pausa para descansar, y vuelta a empezar. Los amigos del abuelo ya estaban todos entreverados con alguna muchacha y cada tanto le dirigían miradas de burla o levantaban las cejas, como preguntándole: «¿Che, y vos para cuándo?». Y él nada. Estaba quedando como un gil. En ese momento descubrió a una rubita que conocía del almacén, y que le parecía simpática. Se decidió, y enfiló para donde ella estaba sentada. Para llegar, tenía que atravesar todo el salón del club. Cuando estaba más o menos por la mitad la orquesta hizo la pausa. Los que bailaban se quedaron quietos, y le hicieron un hueco para que pudiera pasar. Y todos se pusieron a mirar a quién iba a elegir. Allá estaba él, en el medio del salón. Todos lo miraban avanzar, y justo en ese momento un flaco que se acercó por el costado le gana de mano, la invita, ella se levanta del brazo del tipo, y van los dos hacia la pista. Como quien dice, se la robó en el último segundo. El abuelo pensó a toda velocidad qué hacer para evitar la burla de todos. Sabía que le iban a tomar el pelo un mes entero por este papelón, porque como no había otra muchacha cerca era imposible disimular que no iba por la rubia que lo dejó en banda. Y entonces, justo en ese momento, se le ocurrió algo: metió  la mano en el bolsillo con disimulo y sacó tres monedas, que tiró en el piso. Con un gesto de sorpresa, como si se le hubieran caído sin querer, detuvo la marcha, se agachó y se puso a buscarlas. Mientras tanteaba con la mano las baldosas blancas y negras, ganaba tiempo para decidir qué hacer a continuación.

Inés no se pudo contener.

—Ahí fue cuando la vio.

Miguel sonrió en la oscuridad. Hizo una pausa antes de seguir:

—Ella venía del baño y el abuelo seguía en cuclillas, pero levantó la vista y allí estaba. La más linda de la fiesta. Con un vestido rojo y el pelo oscuro recogido en una cola de caballo. Sola. Él recogió y guardó las tres monedas en el bolsillo, se puso de pie y empezó a caminar hacia ella. Cuando estuvo cerca, le hizo un gesto con la cabeza, que ella devolvió, le puso la mano en la cintura y caminaron muy despacio hasta el centro del salón. Se miraron unos segundos, la orquesta volvió a tocar y arrancó la  canción.

—La del naufragio.

—Esa misma, el bolero de Agustín Lara.

Miguel tarareaba con ganas, mientras movía el índice a izquierda y derecha, como si fuera un director de orquesta:

—De tu amor de ayer solo despojos / naufragan en el mar de mi vivir. 

Acarició la mejilla de la hija y siguió con la historia:

—La abuela era la que bailaba mejor de todo el pueblo, y se las arregló para que no se notara que él era un pata dura. Desde esa noche, ya no se separaron. Por eso el abuelo creía tanto en lo de arrojar las tres monedas. Siempre nos contaba que era su cábala para cuando una situación difícil exige detenerse por unos instantes a pensar, aunque no haya mucho tiempo. Yo no le hacía mucho caso, la anécdota me parecía solo algo divertido, un cuento que hacía cuando se tomaba un par de copas. 

Miguel cambió el tono y siguió con voz más seria y la mirada fija en  un punto más allá de las ramas de los árboles, la silueta de la chacra y la figura de sus dos hijos tirados en el pasto. 

—Pero ahora ya sé que tantas veces tenemos que elegir sin poder pensar demasiado, y esas decisiones pueden tener consecuencias. Aunque esto ya no es parte de la historia de los abuelos.  

Inés se rio y siguió tarareando el bolero. Guillermo no dijo nada. Miguel había aprendido a respetarle los silencios. Apoyó una mano sobre la del muchacho y siguieron un rato más, callados los dos, mirando el cielo estrellado. 


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